domingo, 5 de junio de 2011

La Remolacha en Granada, todo un respiro

En estos momentos vivimos una de las mayores crisis económicas desde hace mucho tiempo. Y en zonas como Granada se perciben sus efectos de forma mucho más intensa debido a la ausencia de tejido industrial variado, tanto en la capital como en toda la provincia.

No es nueva esta situación en esta tierra, pues han sido continuos los apuros de los granadinos a lo largo de su historia. Pero también podemos encontrar momentos de prosperidad y de ilusión, en los que el desarrollo empresarial supusieron hálitos de esperanza en una población excesivamente acostumbrada a sufrir.

Podemos situarnos en la última parte del siglo XIX, un momento bastante delicado tanto en lo político como en lo económico. Sin embargo, siempre hay personas que están pensando en el desarrollo de una idea, y por ende de su patrimonio personal. Como ejemplo de esto podemos poner a D. Juan López-Rubio, burgués en su máxima expresión desde el punto de vista social, y farmacéutico en lo profesional. Tenía su próspera farmacia junto al Puente del Carbón (Reyes Católicos), y estableció relaciones con diferentes familias adineradas de la ciudad.

Lazos familiares le unían a José María Rodríguez-Acosta, uno de los banqueros más importantes de esa época. Éste le ofreció a López-Rubio la dirección de la empresa azucarera que poseía en la costa. Fue el comienzo de una carrera empresarial.

Tuvo López-Rubio conocimiento de una nueva forma de extracción de azúcar de la remolacha. El descubrimiento lo realizó Benjamín Delessert en 1811, y fue por ello premiado y condecorado por el propio Napoleón. Ello originó la instalación de fábricas por toda Europa hasta consolidarse como industria a mediados del XIX.

Fue en la Real Sociedad de Amigos de París, que tenía sede en la calle Duquesa, donde se repartieron gratuitamente semillas de remolacha entre 152 labradores de la Vega granadina. En ese momento la agricultura de la zona se encontraba en uno de sus peores momentos, agotando cultivos como el olivo y cereales con pírricos rendimientos económicos.

Ingenios de San Juan y San Isidro

Pudo por tanto López-Rubio progresar en sus negocios azucareros. Asociado con Juan Creus (médico), inició sus experimentos con las primeras plantaciones en 1878, y la construcción en 1883 de la primera fábrica: el Ingenio de San Juan. Sería la primera de España con capacidad para moler diez toneladas diarias de remolacha.

A partir de ese momento, la construcción de este tipo de construcciones se reprodujo hasta contar en el año 1900 con nueve azucareras: "San Fernando", "Nuestra Señora de las Angustias", "Santa Juliana", "Santa Fe", "Nuestra Señora del Carmen", "Nuestra Señora del Rosario", "Conde de Benalúa" y "San José". Durante los siguientes años seguirían surgiendo este tipo de instalaciones, sin ninguna planificación u ordenación, control que hubiera sido necesario por parte del Estado para un desarrollo más sostenible de dicha producción.

Imagen de la maquinaria de ingenio "Nuestra Señora del Pilar"


Casi todos las zonas cultivables se llenaron de remolacha, que era sin duda el más rentable de los cultivos. Se consiguieron multitud de puestos de trabajo, tanto en el cultivo como en los propios ingenios. El mayor esplendor se alcanzaría en la década 1921-1930, después del desarrollo y aprendizaje realizado en la década anterior. Fue el periodo de mayor esplendor económico de Granada, que desgraciadamente no ha vuelto a producirse hasta el momento.

Ello produciría muchos cambios en la propia ciudad, como ejemplifica la construcción de la Gran Vía, producida al albor del desarrollo de la burguesía, que influida por la cultura francesa querían transformar y modernizar la metrópoli, que tenía un urbanismo situado en el pasado. Fue una época de gran desarrollo constructivo tanto en lo residencial como en lo cultural.

Imagen de Gran Vía en construcción


Poco duró este periodo de bonanza, pues en el año 1929 se produce el desplome de la Bolsa de Nueva York, hecho que tiene repercusión en la economía de todos los países, sobre todo en los europeos. Son momentos de austeridad que provocan la caída de las ventas de azúcar, y por tanto, un problema para los agricultores y empresarios granadinos. La posterior guerra civil española (1936) y el agotamiento de la tierra por el continuo uso en la remolacha, provocaron la desaparición de la industria que tantas alegrías había proporcionado a la región.

En el momento actual encontramos muchas analogías con lo ocurrido en esa época, pero me gusta quedarme con lo positivo. Del espíritu innovador y emprendedor de unas pocas personas se consiguieron muchos y buenos resultados. Es lo que necesitamos en esta Granada acostumbrada al desatino, optimismo para iniciar nuevos retos, y control para que sean sostenibles en el tiempo.

Seguimos caminando...

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